Entre lo que depende de mí y lo que me rodea: neurotransmisores, hábitos y contexto en la vida cotidiana

Cuando hablamos de bienestar, suele aparecer una dicotomía: por un lado, el mensaje de que todo está en nuestras manos, que basta con dormir mejor, hacer ejercicio, respirar profundo y “regularse” para estar bien, por otro, el reconocimiento que surge de la experiencia, ya que el contexto pesa, hay exigencias, ritmos, responsabilidades y condiciones que no elegimos del todo; hoy es posible reconocer algo más: nuestro bienestar no es solo una responsabilidad individual, ni es únicamente producto del contexto, surge del encuentro,a veces armónico, a veces no tanto, entre ambos.

Los neurotransmisores no deciden por nosotros… tampoco son indiferentes a cómo vivimos

Los neurotransmisores no funcionan como interruptores que se encienden o se apagan con fuerza de voluntad, son sistemas sensibles, plásticos y entrenables, profundamente reactivos a las condiciones de vida, esto implica reconocer que existen márgenes reales de acción personal, ya que los hábitos sostenidos influyen en la regulación emocional, pero también que estos márgenes no son iguales para todas las personas ni en todos los momentos, porque el contexto importa. Mantener presentes ambas ideas evita dos extremos dañinos: la sobre–responsabilización individual y la sensación de impotencia total frente a lo que ocurre.

Dopamina: motivación entre el deseo personal y el sentido en contexto

La dopamina está relacionada con la motivación, la iniciativa y la capacidad de orientarnos hacia aquello que consideramos valioso, más allá de “tener ganas”necesitamos percibir que lo que hacemos tiene sentido y dirección. A nivel personal, se favorece con metas pequeñas y alcanzables, descanso suficiente, movimiento corporal regular y una alimentación que incluya proteínas de buena calidad (huevos, legumbres, pescado), necesarias para la síntesis de sus precursores.

Sin embargo, la motivación necesita algo más que hábitos, requiere coherencia contextual, por ejemplo, en entornos laborales precarizados, con exigencias constantes y poco reconocimiento, la dopamina no “falla”, se agota; por su lado, contextos donde hay claridad, retroalimentación y una relación más justa entre esfuerzo y resultado, permiten una motivación más estable. Aquí la responsabilidad personal no es “motivarse a toda costa”, sino escuchar cuándo el desánimo también está diciendo algo del entorno.

Serotonina: estabilidad emocional entre rutina y condiciones de vida

La serotonina contribuye a la regulación del ánimo, la tolerancia emocional y la sensación de estabilidad interna, se ve favorecida por hábitos cotidianos como exponerse a luz natural, sostener horarios relativamente estables de sueño y comida y una alimentación regular que incluya fuentes de triptófano como avena, plátano, frutos secos o legumbres, estos elementos ayudan a que el sistema tenga cierta previsibilidad.

No obstante, vivir en contextos caóticos, con jornadas extensas, múltiples roles simultáneos o tensión relacional constante, erosiona esa estabilidad, incluso cuando existe buena intención de autocuidado, aquí la responsabilidad personal no es “estar bien todo el tiempo” sino crear pequeñas islas de regulación dentro de realidades complejas, sin desconocer el impacto que el entorno tiene sobre el equilibrio emocional.

Noradrenalina: alerta entre adaptación y sobreexigencia

La noradrenalina regula el estado de alerta, la atención y la capacidad de responder a los desafíos. Un cierto nivel de activación es adaptativo y necesario para la vida cotidiana, el problema aparece cuando el contexto exige hiperalerta permanente, urgencias constantes, multitarea, presión sostenida y poco margen de error, lo que mantiene al sistema en tensión continua.

Desde lo personal, ayudan las pausas conscientes, el ejercicio físico, el contacto con espacios abiertos y el reconocimiento temprano de señales de sobrecarga, aun así, ningún ejercicio de respiración compensa indefinidamente un contexto estructuralmente desbordante. El equilibrio está en distinguir entre lo que puedo regular y lo que necesito revisar, negociar o incluso cambiar, cuando es posible.

GABA: calma posible, no forzada

El GABA es el principal neurotransmisor inhibitorio y permite que el sistema nervioso se calme y recupere, se ve favorecido por prácticas como la respiración consciente, la meditación, el descanso adecuado y una alimentación que incluya alimentos fermentados, vegetales verdes y cereales integrales que apoyan indirectamente su funcionamiento.

Sin embargo, la calma no se impone desde adentro cuando el entorno es impredecible, hostil o inseguro, en contextos de conflicto constante, violencia simbólica o alta incertidumbre, el sistema nervioso hace lo que puede: mantenerse alerta. Aquí la responsabilidad personal no es “relajarse”, sino buscar condiciones internas y externas mínimas de seguridad para que la calma sea posible.

Glutamato: aprender sin vivir en exigencia permanente

El glutamato sostiene el aprendizaje, la memoria y la capacidad de adaptarnos a nuevas situaciones. Aprender es saludable y necesario, pero aprender bajo presión constante, sin pausas ni contención emocional, termina agotando los recursos cognitivos, desde lo individual, es importante regular tiempos, alternar exigencia y descanso, y cuidar la sobreestimulación mental.

Desde lo contextual, conviene preguntarnos: ¿este entorno permite aprender o solo exige rendir? Espacios que toleran el error, promueven la curiosidad y respetan los ritmos favorecen una plasticidad saludable, no todo lo que exige rendimiento promueve desarrollo, y reconocer esto también es parte del cuidado.

Acetilcolina: atención en un mundo lleno de estimulación

La acetilcolina está implicada en la atención, la memoria y la capacidad de sostener el foco, eEn contextos de hiperestimulación digital, notificaciones constantes y multitarea permanente, la atención se fragmenta con facilidad. A nivel personal, ayuda cuidar espacios de foco, limitar estímulos innecesarios, alternar actividad mental y corporal y sostener hábitos de descanso cognitivo.

Al mismo tiempo, es importante reconocer que vivimos en entornos que dificultan la concentración, y que no toda distracción es un fallo individual, cuidar la atención también implica revisar cómo están organizadas nuestras demandas y expectativas cotidianas.

Oxitocina: el bienestar no es solo individual

La oxitocina está relacionada con el vínculo, la confianza y la regulación emocional en relación con otros, nos recuerda algo esencial: nos regulamos mejor en vínculo. Se ve favorecida por relaciones seguras, contacto afectivo seguro, conversaciones significativas y contextos donde hay cooperación más que competencia.

Desde lo contextual, el aislamiento social, la exigencia de autosuficiencia permanente y la falta de redes de apoyo afectan profundamente la regulación emocional, es importante no romantizar la idea de que podemos sostenernos solos todo el tiempo.

Endorfinas: alivio, cuerpo y permiso para disfrutar

Las endorfinas están asociadas al alivio del dolor físico y emocional y a la sensación de bienestar corporal, se activan con el ejercicio, el movimiento placentero, la risa y las experiencias compartidas que generan disfrute, no se trata solo de rendimiento físico, sino de conexión con el cuerpo.

Por otro lado, el cansancio crónico, el exceso de responsabilidades y la falta de tiempo son realidades frecuentes, aquí el equilibrio no está en exigir disfrute, sino en permitirlo cuando sea posible, incluso en pequeñas dosis, sin convertirlo en una nueva obligación.

El bienestar emocional no es un proyecto individual aislado ni solamente una consecuencia del contexto, es un proceso situado, dinámico y relacional. Asumir responsabilidad personal no significa culparse, y reconocer el peso del contexto no implica resignarse, esto es, entre lo que depende de mí y lo que me rodea, existe un espacio de conciencia, cuidado y decisión posible.

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